martes, 21 de junio de 2016

MI PRIMER CONTRATO

Por Carlos Dzul


Comencé diciendo que a mi mamá le apestaba mucho el sapo y que yo lo recordaba porque yo mismo había salido de allí. Luego dije que una vez estuve cerca del mismísimo Papa y que lo toqué (yo era parte de su cuerpo de seguridad) y que desde entonces las manos me olían a culo (aquí me aspiraba los dedos con fuerza) y que en alguna ocasión,  a cambio de un plato de comida, me vi forzado a meterle un dedo a una señora donde ya se sabe, porque ella era una puerca y le gustaba eso, que le metieran cosas. Dije que yo era pobre y que no había tenido  más opción. Luego venía un perro y le lamía las tetas, la teta derecha, mientras yo hacía lo propio con la izquierda. Y la señora nos llamaba sus cachorros.
    Como la sala continuara en silencio, me decidí a contar también (y comenzaron a sudarme las manos como si hubiera un fuego cerca)  la vez que le vendí uno de mis pedos (de los más apestosos) a un señor que era poeta, pero de esos que ya no tienen inspiración. Él cargaba canas en las patillas, pelusas en las pestañas y algo así como  veinte libros publicados y yo sólo piojos en los testículos. Le cobré cinco mil dólares, de los de antes, que me pagó sin chistar (y que gasté después en un solo par de zapatos, de los de ahora) y él se llevó mi pedo guardado en un frasco de color azul (más tarde supe que no le sirvió para nada).
    Después  les hablé (fue el colmo) de una muchacha que sí había existido, que se hacía llamar mi ex novia, pero que  yo no recordaba que hubiéramos sido novios alguna vez. Ella no  era fea, tenía  el pelo casi rubio y las manos pequeñas, vacías de anillos,  y hablaba mucho de los días que habíamos andado y de los besos que nos habíamos dado bajo una luna que sólo ella recordaba y escucharla me daba tanta felicidad que al final yo la golpeaba con un fierro.
    Pues bien, nada de lo anterior los hizo reír ni un poco.
    Recuerdo que era verano y que el sudor hacía brillar los cuerpos de una manera sórdida. Escuché algunos estornudos, algunos tronidos de dedos, un vaso roto contra el piso. Traté  de no arredrarme...
    Y empecé a platicar (no me quedó de otra) del pene de mi papá (él murió hace años)  que en realidad era una langosta viva, verde, que andaba independientemente de él y que de pronto se le escapaba del pantalón a mitad de las reuniones, pero él como era un teto fingía que no pasaba nada. La langosta caminaba entre los platos y las velas y entre  la sonrisa retorcida de más de una señora, picoteando la comida incluso, pero él seguía saludando y haciendo la charla. Yo veía todo esto y no podía menos que odiarlo.
    Aquí me dieron unas ganas no ensayadas de llorar...
    Y hablé de un hermano que tuve que se suicidó porque yo nunca me atreví a dirigirle la palabra porque me asustaba una mancha que le había salido en la frente con forma de estrella. Se llamaba Hernaldo; sabía tocar la guitarra. Todos (los que sí se atrevieron a hablarle) me dijeron  que era noble.
       Y hablé y hablé y hablé de cuando fui dueño de  una mascota que era la mascota de otro niño. Yo no podía tenerla en mi casa, por muchas razones tristes, pero la guardaba en mi cabeza y en el patio de ese otro niño, que además vivía enfrente. Él no sabía que su mascota era mía también. Algunas veces la trataba mal y yo tenía que verlo. Y sufrir.
      Tampoco  esto les dio gracia.
     Allí fue que se prendieron las luces; la verdad yo no sabía qué más hacer. Me  pregunté, en voz alta, si no había entrado por error en la bodega  de los maniquíes. Fue como firmar una sentencia. Luego cerré los ojos, me puse la punta de un dedo en la punta de la nariz, que es lo que hago cuando quiero que piensen que estoy pensando, y de pronto escuché que una sombra se movía. Cuando abrí los ojos ya estaba la bendita frente a mí, decidida a zurrarme (sus manos eran metálicas) y a tacharme de ser un farsante patético.
    Sólo allí, en medio de la tunda, se dejaron venir algunas risas, algunos aplausos y me  entró lo que se puede llamar un 'gozo imbécil'.
    Alguien sollozaba con estruendo.
    Cuando desperté, Federal (por feo), que era el encargado del tugurio, me informó que estaba contratado.

miércoles, 12 de agosto de 2015

EL REGRESO DE LAS GUAPIS


Por Simón Clarinet

El amable lector ha de recordar que las tarántulas de agua (o Guapis, como también se les conoce), desaparecieron de los ríos Perropodrileños hace ya más de treinta años, gracias a la desalmada cacería de que fueron objeto. Para su desgracia, tenían un sabor exquisito y no había ni una sola mesa en la ciudad donde no se sirvieran, por lo menos una vez al día. De colmo eran de una sumisión despampanante y nunca pero nunca trataban ni siquiera de escapar de sus captores, ni de atacarlos, cuando éstos afilaban el cuchillo para destriparlas. Eran tan mansas que los niños las traían de mascotas, encerradas en peceras; cuando se aburrían de ellas las hacían polvo, simplemente, con sus cándidas manitas.
Cómo no se iban a extinguir.  
El amable lector quizá recuerde también que, haciendo un esfuerzo sin precedentes, la Universidad de Perropodrido logró resucitarlas. Tal cual: consiguieron fabricar unas diez o veinte larvas de la susodicha especie, a partir de unas muestras de sangre que tenían guardadas, por si acaso, en un laboratorio. Fue una labor titánica, cienciaficcional, llevada a cabo por decenas de científicos durante años. Las mentadas larvas, una vez terminadas, fueron arrojadas a las aguas de los ríos, a la espera de que dieran los ansiados (exquisitos, dóciles) frutos. Pasaron los meses, no obstante, y de las Guapis ni sus luces. El experimento se pensó que había fracasado; se les dio por extinguidas, ahora sí, para siempre jamás…
… hasta hace una semana (el siete de junio, justamente, ¡el mero día de las Elecciones!), cuando SLASSHHH, salieron de las aguas todas en tropel, miles de ellas, y se dedicaron a rondar por la ciudad, como si nada, porque resultó que ahora también respiraban el aire y caminaban, las muy cínicas, y hasta volaban, algunas. Esto sí que debe recordarlo el amable lector, ya que, además de anfibia, esta nueva versión de las Guapis ha revelado ser hostil en grado sumo. Tienen, en la parte posterior, un par de aguijones de los que antes carecían, y por delante, además del triple de ojos (color frambuesa, brillantes), ahora cargan una trompa chupadora repleta de pequeños colmillitos. El contacto con su pelo (ya no son lampiñas) da una comezón supurante y aunque hasta el momento nadie ha querido comérselas, es de suponerse que el sabor (otrora picoso y dulce) debe ser amargo y repelente.
Así pues, el día siete de junio muchos no salieron a votar, por miedo de las Guapis; No es difícil comprenderlo, pues las más pequeñas casi son del tamaño de un perro crecido. Otros muchos, como yo, sí salimos, a pesar de los pesares, a ejercer nuestro sufragio, porque somos unos necios insufribles.
Total, que al poner un pie en la calle, lo primero que hago, sin querer, es pisar una Guapi (ñaaaa, chilló), ocasionando que varias de ellas, en pandilla, decidieran arremeter contra mí, lanzándoseme desde todas direcciones. Unas por aire, otras por tierra. Con un chuzo que llevaba presto, largo como un palo de escoba, dispúseme a ensartar, por aquí, por allá, cuantas fuera posible: chuc chuc chuc. En ese ratito fácil debo haber matado unas veinte. Mi casilla, donde yo tenía que votar, estaba como a tres o cuatro cuadras, pero tardé en recorrerlas una hora, pues en todo momento me salían al paso más y más Guapis queriendo morderme o chuparme o ensartarme el aguijón. Varias, de hecho, sí alcanzaron su objetivo; conservo todavía los moretones.
A pesar de ello, corrí con suerte. Otros la pasaron peor. Había, por ejemplo, una señora gorda, embrocada sobre la banqueta, con la espalda cundida de Guapis. Un panal completo de aquellos bichos la estaba chupando y picoteando: tiqui tiqui tiqui. Estuve a punto de ir en su ayuda…, me contuve porque me fijé que ella parecía ya muy cómoda con esa situación. No emitía ninguna queja, incluso bostezaba. Quién sabe si no lo estaba disfrutando, así que la dejé.
En la esquina siguiente casi tropiezo contra un muchacho que lloraba. A éste, las Guapis le habían ensartado unos treinta o cuarenta aguijones en las piernas y otra más todavía se ensañaba en chuparle-morderle la nuca. El muchacho, un poquito amanerado, por cierto, manoteaba inútilmente, sin ton ni son, restregándose contra una pared.
Pensé, y sólo eso, en ayudarlo, pero estaba tan bien en su papel de víctima, tan esférico en su martirio, que opté por dejarlo, así como estaba, por mero prurito estético.
Y cuando al fin arribé a la casilla la encontré hecha un desastre, como no podía ser menos. Era aquello un rebumbio general de exclamaciones y quejas. La urna estaba por ahí, tan tranquila, rodando despanzurrada, y la gente corría de un lado para otro, huyendo de las Guapis, que no cesaban de morder brazos, despeinar cabezas, chupetear tobillos. Varias también yacían de plano en el piso, destripachadas a pisotones. Las tripas de Guapi, para quienes no lo sepan, son de un amarillo intenso. En medio de todo este escándalo, como impulsadas por un hálito centrífugo, las boletas electorales revoloteaban cual mariposas por doquier. Flap flap flap. Atrapé una, como quien dice al vuelo, y con un lápiz que cargaba en el bolsillo, remarqué mi voto (voté por “el feo”), tras lo cual hice un puño con la boleta y lo aventé por ahí, sin fijarme dónde había caído. Una Guapi, enseguida, vino directo a chocar contra mi rostro. El combate fue breve y sangriento. La maté, al final, pero acabé con treinta ronchas en la nariz, veinte en cada mejilla, y con vísceras de Guapi en la boca, las manos, que me fui limpiando contra el pantalón, mientras corría de regreso a mi habitáculo.
Cuando llegué, lo primero que hice, después de trabar el seguro de la puerta, fue prender el radio.
Bien, lo prendí.
Hace ya tres días de eso. No he vuelto a salir a la calle. Ocasionalmente, contra mi ventana, se estrella una Guapi voladora. El radio transmite sobre todo ruiditos: shhhh, trrrrr, bip bip. Pero de cuando en cuando se discierne, sí, alguna voz entrecortada que anuncia, balbucea, mejor dicho, las noticias.
Las más relevantes, las que he podido escuchar bien, hasta el momento, son:
Que los tres candidatos tres, que luchaban por la presidencia de Perropodrido (el guapo, el gris, el feo) sucumbieron ante los ataques de las Guapis, ¡han muerto, los aburridos!, por lo que habrá que repetir toda la bulla de la votación, en fecha todavía por definir.
Y dos: la noble Universidad Perropodrileña se encuentra fabricando otro animal para que acabe con las Guapis. Pulpito Matón, será su nombre. Echará fuego por la boca y tendrá unos tentáculos luengos provistos de espinas, declaró, al parecer, un temerario grupo de científicos.


1. Planta UJAT larvas de Pigua (especie en peligro de extinción) en el río Usumacinta.

2. En medio de impugnaciones e irregularidades, se realizan elecciones en Tabasco. 

UN MELODRAMA URBANO

Por Carlos Dzul

 Hablaré de una experiencia terrible y aleccionadora que, estoy seguro, sólo pudo suceder de noche en la ciudad.
            Estaba yo comprando alcohol y cigarrillos en una tienda de esas famosas que su nombre empieza con O y termina con O, cuando de pronto la puerta se abre ligeramente y vemos entrar, yo y los demás clientes que hacíamos fila, nada menos que a un niñito, aunque bien podría decir “un perrito”, “un puerquito”, pues la pinta que se cargaba era más la de una bestezuela que la de un ser humano.
            A lo mucho medía medio metro de estatura, traía el pelo largo hasta los hombros, andaba descalzo, era casi negro pero no tanto, más bien color marrón hiperconcentrado, y las ropas que tenía puestas, un pantaloncito y una camisetita, estaban más mugrosas que mi mi puta madre muerta, por decirlo de algún modo.
            Yo, y supongo que los demás clientes también, al verlo entrar dejamos escapar un suspiro-gemido de espanto, de admiración... El puerquito venía lamiendo una piedra como si fuera un dulce: la aventó porai, trac trac, para enseguida pelar unos dientecillos afilados (cariados), amarillos, ante lo cual yo, y los demás clientes también, emitimos otro suspiro-gemido más fuerte aún que el primero.
            Para entender a cabalidad el melodrama viene muy a pelo recordar cómo es el interior de la dichosa tienda. Idílico, paradisíaco. Un sueño. Cualquiera lo sabe. Luz por todas partes. Por más que uno busque no encuentra un reducto de sombra. Y los productos que se ofertan yacen, impecables, ordenados, muertos para siempre, en sus estantes. En resumen: la belleza. Un reflejo de lo que quisiéramos que fueran nuestras vidas, qué carajo, ¡si por eso entramos a comprar allí! Pues bien, este paisaje celeste fue el que vino a trizar, a despedazar sin contemplaciones con su sola presencia, el “puerquito”.   
            Iiiiii, dijo y lanzó en derredor una mirada que no podía ser más maligna.  
            Tomó una revista (de vidas de famosos) de un estante, la hojeó, le dio la vuelta y al final RAZ le arrancó una página, que intentó comerse, sin éxito.
            SPUT, la escupió y luego echó a correr por los pasillos. Yo, y no sólo yo, lo perseguí mientras tanto con la mirada, sin perder de vista un solo movimiento suyo, vigilándolo como si en ello me fuera la vida. ¿Qué hizo, la criatura? Nada. Casi nada. Se dedicó a desordenar los productos, el muy simpático. ¡Desordenar! Las galletas, las latas de atún, los vasos desechables… Tiraba las cosas al suelo, sin la menor consideración, o bien las usaba para golpearse la cabeza: TOC TOC TOC. De repente le dio una especie de ataque epiléptico y se tiró al suelo (que estaba perfectamente limpio), donde empezó a sacudirse y a dar piruetas y a chillar. No paraba de chillar: iiii-iiii-iiii.
            Parecía, perdóneseme la cursilería, un corazón suelto, un puro corazón desatado.
            Yo, el resto de los clientes, hasta el encargado de la caja, no hacíamos más que observarlo, aterrados, esperando, desde lo más profundo de nuestras almas, verlo estallar. Que reventara PLUC, de ser posible sin hacer ningún ruido. Que dejara de “ser”.
            Pero no, allí seguía, corriendo, brincando, patinando frente a nuestras (petrificadas) narices. El colmo fue cuando ya tomó una bolsita de cacahuates y trató de abrirla.
            Iiii-iiii, luchaba con sus manitas por destruir la envoltura y chillaba porque no lo conseguía; su carita reflejaba una tristeza inacabable.
            Iii-iii.
            Y nadie le decía ni le dijo nada, hasta que una de las “personas” que hacían la cola se salió de la misma y lo encaró. Se trataba de un tipo alto, quizá de dos metros, blanco, de pelo castaño muy lacio y fino, de barbita y anteojos. Extranjero a todas luces, pensé, y lo confirmé un instante más tarde cuando lo escuché decir:
-Thranquiló- así, con acento en la “o” y con la “r” pronunciada muy a lo francés: -Thranquilooó, dejaaaá, thranquiloooó.
El tipo estaba doblado sobre el niño, cara a cara, y con sus largas manos, a punta de señas, con total cordialidad, como es menester, trataba de persuadirlo de que dejara la bolsita en paz: -Noooó, thranquiloooó.
El niño lo miraba al tipo, a sus largas manos, reconcentrada y estúpidamente, igual que un gatito miraría, por ejemplo, una bola de estambre, sin entender nada pero extasiado, hasta que estiró una de sus manitas y lo tocó, le rozó a penas la nariz al franchute y ésta, señoras y señores, ésta agarró fuego, tal como lo oyen, Nariz en Llamas, cosa que al niñito le provocó una sonrisita de ángel; dulcísima.
Al franchute (y a todos los demás que estábamos de testigos) le tomó un buen rato darse cuenta de lo que pasaba; cuando al fin le cayó el veinte comenzó a golpetearse la cara él mismo con todos los dedos: -Noooó, noooó- decía, mientras trataba de extinguir el incendio que ocurría en su nariz, pero no sólo no lo logró sino que el fuego se le extendió por el resto del rostro y del cuerpo, en cuestión de segundos, como si estuviera hecho de cartón, el desgraciado, o de plástico, que era en realidad lo que despedía: un fuerte tufo a plástico quemado.
Y cuando terminó de consumirse no hubo más de él que un puño de ceniza, una mancha negruzca en el piso, una pasta, un vago hedor.
Transcurrieron, acto seguido, unos larguísimos (breves) momentos de pánico: ¿Será que yo también- me pregunté, nos preguntamos– yo también soy un guiñapo? ¿Será que yo igual ardería, tan a lo pendejo, si el puerquito éste me tocara, con sus manitas mugrosas? ¿De qué estamos hechos, pues? ¡¿QUÉ CULO SOMOS?!
El niñito destroyer, el puerquito infernal, nos miraba entretanto, haciendo su horrible sonrisa y jugando con sus manitas, abriéndolas y cerrándolas, como el que se apresta para cometer una masacre.
Por suerte para mí, para los demás, para todo el mundo, en ese momento apareció la madre. Así es, la puerta de nuevo se abrió, casi imperceptiblemente, y entró Ella.  
Era una mujer minúscula. Una pendejada, dicho sea con perdón, más pequeña que su propio hijo, de pelo negro largo enmarañado, de ojos tan chiquitos que ni se notaban, envuelta en un sinfín de trapos de varios colores opacados por la mugre. Una mugrosita, diremos, con muy mala leche.
Pues bien, esta mugrosita llamó a su chilpallate y lo hizo del siguiente modo: tik tik tok tok aé aé. O algo así por el estilo. ¿Qué idioma fue ese? No se sabe. Seguro no francés ni mucho menos inglés ni alemán ni ruso ni español. Alguna lengua extraterrestre, quizá. Alguna lengua muerta.
-Tok tok tiqui tiqui-, dijo y el niño corrió hasta ella con regocijo infernal, iiii-iiii, se le encaramó en la espalda, le daba de besos, etcétera, etcétera.
-Tiqui taca tiqui taca- dijo la madre todavía, como reprendiéndolo, antes de que abandonaran ambos (el puerquito ya iba risa y risa) la dichosa tienda, que en el acto se llenó, si no de paz, al menos de silencio.  
Un silencio turbio, por no usar otra palabra peor, en medio del cual permanecimos nosotros, los fugaces y mudos testigos de este melodrama urbano, nada más que mirando en el piso aquel puño de ceniza que alguna vez pretendió ser una Persona y que bien pudo tratarse de cualquiera de nosotros. Pasados varios minutos de contemplación tácita, estreñida, recobramos la movilidad, pagamos nuestras cosas…
Afuera, en la banqueta y bajo la noche inclemente, traté de prender un cigarrillo y no pude; me temblaba mucho todo.




UN PERRO MUERTO A MITAD DE UNA CARRETERA


Por Carlos Dzul

Fui a la casa de Fernando porque él me pidió que lo hiciera.
            Lo encontré en la sala, “madreando a su padre”. Esta frase tan curiosa hará sin duda sonreír a los filólogos y a los psicólogos, en fin, a toda esa ralea.
Mas cuando digo que lo estaba “madreando” no estoy usando ningún simbolismo. En verdad lo estaba reventando a chingadazos. PUM PUM PUM. Hallábanse los dos tirados en el mueble, Fernando encima de su padre, prendiéndolo de los cabellos y martillándole sobre el rostro con su puño que, tal vez fue solamente la impresión, estaba ardiendo al rojo vivo.
El padre de Fernando es un señor de casi sesenta años, aunque aparenta cien. Fernando tiene veinticinco pero luce como de cuarenta. 
            Como soy una persona educada, pese a no tener un título universitario, preferí no interrumpirlos. Me limité solamente a decir “buenas tardes” y a quedármelos mirando, en lo que “dirimían sus diferencias”, como dicen los periódicos.  
Cuando el papá de Fernando se levantó (porque Fernando estaba exhausto de zurrarlo) no había curiosamente una gota de sangre en su rostro, que, eso sí, le había quedado enteramente chueco y cuando digo “chueco” tampoco estoy usando ninguna metáfora o como se llame; la nariz la cargaba casi pegada a la oreja, la boca se le había sumido hasta el fondo del cráneo y los ojos le bailaban, uno por el cuello, el otro hasta mero arriba, en la coronilla, de tal manera que daba la impresión de ser un guiñapo de hule, o de plastilina, al que un niño perverso le hubieran quemado la choya.
            “Buenas tardes”, repetí, con mi voz más candorosa, tratando de hacer como que no había visto nada.
            Qué pedo, dijo Fernando, secándose el sudor con la camisa.
            SDFSDFMDRKI, dijo el padre, lo que interpreté como un saludo.
            Hola, señor, dije.
            WGRERGPCM, dijo él.
            Aquí, nomás, dije yo.
            ¡Beber, beber!, dijo Fernando, hay que ponerse hasta la madre, y agarró unas llaves que estaban sobre una mesita.
Su padre lo tomó de un brazo y comenzó a RTIGJCM… FFPVKDK… balbucear cosas.
            WHO THE FUCK ARE YOU! WHO THE FUCK ARE YOU!, se puso a gritar Fernando (en inglés porque él es así), sacudiéndose, como si el solo contacto de la mano de su padre le resultara asquerosísimo. Creí, por unos fatales instantes, que de nuevo empezaría con la verguiza. Pero no, Fernando corrió hacia la calle y yo lo seguí. Subimos al coche. Mientras arrancábamos pude ver a su papá, allá adentro de la casa, sumido en aquella penumbra, tambaleándose contra una pared, manoseándose el rostro, supongo que tratando de reacomodárselo.
            -Por qué eres así- dije, nomás por decir algo, igual pude haber dicho: “qué calor hace”.
            -Porque es un pendejo- gritó Fer-, un PIECE OF SHIT- y, créanlo o no, en ese instante comenzó a llorar, igual que una niñita: -BUJUUJUUUU.
            Íbamos por la avenida Comosellame, a toda velocidad, fum fum, rebasando coches, y él BUJUJU.  
            Cuando paró de llorar, y con las lágrimas aún chorreándole, se puso a balbucear unas cosas muy raras en inglés que haré el enorme esfuerzo de traducir. Por ejemplo, dijo que su padre era un perro, un dog muerto a mitad de la road (sic). Un charco. ¡Mi padre es un charco de mud!, dijo. ¡Una brizna de dirt! ¡una liendre! (ah, caray) Un montón de asquerosos huesos ¡Un espejo broken!
            Aquí pude muy sangronamente haber gritado: lotería. Pero no estaba el horno para bollos. En fin, que eso fue lo que dijo, al menos fue lo que entendí, si bien es cierto que en el fondo, en el verdadero fondo de las cosas, no entendí ni verga. O sea, quién no odia a su padre, quién no ha querido asesinar a ese hijodeputa, en algún momento. Es normal. Pero, caramba, de allí a decir que el padre de uno… es… , de allí a que uno, en efecto, machaque a golpes a su propio padre, bueno, hay una distancia. O debería de haberla.
            -Relax, chavo- le dije a Fer, tratando de hacerlo que se calmara y fue un error porque se puso el doble de loco.
-¡CANT FORGET CANT FORGIVE!- empezó a gritar.
            ¿Qué es lo que Fernando no podía olvidar ni perdonar? ¿Qué es lo que había detrás de todo ese arguende? Ni me lo pregunten porque no lo sé. Ni lo sabré. Ni me interesa. El caso es que eso dijo, entre bufidos, y cuando hubo terminado de repetir cant forget cant forgive mil veces, dos mil, tres mil veces, pegó un grito agudo, como si le hubieran machucado un dedo, o bien, para decir las cosas como son, un testículo: AAAHHHHHHHH.
Lo más pendejo y chorreado del asunto es que, al mismo tiempo que su grito de marica, comenzó a sonar en el radio del coche una canción de esta banda inglesa, ¿cómo-se-llama?, ¡Toy Monsters!, una canción muy famosa cuyo nombre se me va, Bavarian Rhapsody, algo así, donde Freddy Plant, el vocalista, pega un grito idéntico al de Fer: AAHHHH. Y los dos gritos, el de la garganta de mi amigo y el del radio, acabaron pegados, trenzados, uno con el otro, cosa que Fernando aprovechó muy hábilmente para de plano encaramarse en la letra de la canción y, bueno, se puso a canturrearla, sin parar de gritar y llorar, con mucho sentimiento, sobre todo la parte esa que dice:
FADAAAAAA…
I DON´T WANT TO DIE
I SOMETIMES WISH I´D NEVER BEEN BORN AT OOOOOL
Fer debe creer que soy su niñera y que me encanta presenciar sus desfiguros, pero estoy haro, un día solamente voy a dejar que se lo lleve la chingada.
            En fin, que allí lo tenemos, retorciéndose frente al volante, brincando en el asiento, rugiendo como un mono, parece que va a colapsar:
-Imgona kill him right neuuuu, that’s what imgona do. gonna kill hiiiiiiiim.
KRASH nos estrellamos contra un poste.
Clap clap, se escuchan aplausos, risas grabadas, como de programa de televisión.

Yo llevaba puesto el famosísimo cinturón de seguridad, porque soy responsable y todo eso, y no me pasó nada. Fernando, en cambio, lo que hizo fue que se partió la jeta contra el parabrisas. PUC fue a estrellarse. No se mató, qué caray, pero sí se partió su puta madre y cuando, después de mucho forcejear, logró desprender su cara de entre los vidrios… le sangraba la nariz y uno de los ojos también y parecía que llorara sangre y la verdad que se veía chingón así, muy artístico, “llanto sangriento”,  hasta me dieron ganas de tomarle una foto, el caso es que agarra el pendejo y se baja del carro y entra corriendo, con los puños en alto, como si estuviera celebrando alguna cosa, en La Cucaracha, la pútrida cantina esa, la favorita de él, no sé por qué, porque mero allí enfrente nos habíamos ido a defenestrar. Y pues qué otra me quedaba. Me bajé del carro y lo seguí.  

viernes, 10 de julio de 2015

MISA


Por Carlos Dzul

Aborrezco viajar pero una vez no me quedó más remedio y tomé un autobús. Me tocó sentarme junto a un tipo fornido, bien peinado, oloroso a jabón, que además llevaba encima una camisa (azul cielo) perfectamente planchada. Por mi parte yo llevaba una camiseta medio rota donde, sobre un fondo negro, había un dibujo de un cráneo sonriente, con largas greñas verdes figurando llamas. El tipo quedó prendado del dibujo y después de mirarlo un largo largo largo rato, comenzó a decir:  
Fíjate que yo de niño también quise ser diabólico. Mi nombre es Misael. Puedes llamarme Misa. Recuerdo que incluso tuve una camiseta idéntica a la tuya. Un muchachito huraño era yo, que a todo el mundo le andaba buscando pleito, sí, a cualquiera que pasaba y me miraba feo le mentaba la madre. Je. Escupía mucho, donde quiera que fuese, sput! sput! porque estaba encabronado con la vida. Creo que hasta me quería matar. Mis padres… ni se fijaban en mí porque estaban ocupadísimos despedazándose entre ellos. Gritos, lágrimas, reclamos. Mi casa era eso, un derrumbe interminable, que siempre estaba sucediendo, y yo no sabía qué me iba a pasar, en medio de aquella catástrofe. A veces prefería no ver nada ni escuchar nada; me iba caminando a una biblioteca, agarraba un libro y me pasaba horas ahí, leyendo novelas horribles. Almuerzo desnudo. Alicia en el país de no sé qué. No tenía quién me orientara. Estaba solo, a mi aire. Y trataba de encontrar las famosas respuestas. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué pinche sentido tiene todo? No encontré ninguna. No sabía cómo responderme. Yo miraba una flor y me inflamaba de odio. Sentía que la flor, con su alegría, se burlaba de mí, como si me dijera: no eres nadie. Je. Y terminaba pisoteándola. Después empecé a juntarme con chicos mayores que decían ser mis amigos y que me invitaban a sus casas a escuchar casets de música diabólica. Ya sabes de qué hablo. The Doors, Pink Floyd, etc. Una tristeza. Escuchábamos aquello, fumábamos, bebíamos, luego nos teníamos que pelear, por lo que fuera, y prendernos a golpes. Así era mi vida. Pleito tras pleito tras pleito. Cuando de plano ya no podía más, dibujaba. Agarraba una hoja de papel y raz raz. En mis obras, por llamarlas de algún modo,  aparecían siempre mis padres. En dos o en tres cachos, o en mil. Pero nunca enteros. Je. Mucha sangre. Dientes y bocas. Y ratas también. Y murciélagos. Jejeje. Podía pasarme días detallando una imagen, cincelando una herida, puliendo un muñón. Estoy seguro de que hubiera terminado por volverme artista, jejejeje, un pintor loco y aborrecible, de haber seguido por ese camino. A Dios gracias no fue así. A Dios gracias mis padres un día se pelearon tan bien, con tanto entusiasmo, que se separaron y allí se acabó mi tragedia. Digo que “se separaron” pero sería más exacto decir que salieron BAM, disparados uno del otro, cada quien por su cuenta, como dos pedazos de un edificio que hubiera explotado. BAM. La nariz de mi padre sangraba. Mi madre lloraba como que estuviera a punto de morir. Ninguno se acordó de que yo existía, más bien a ninguno le interesó mi existencia en absoluto, y me dejaron olvidado en casa de mi abue. Allí me fueron a botar, jeje, como una bolsa de basura. Mi abue se llama… se llamaba, Hermenegilda. Era muy guapa. Nunca tuvo sexo. NUNCA. Ella me salvó. Ella vio que yo cargaba un fuego, un incendio adentro y, plash, lo apagó de un trancazo. Me quedó viendo el pelo, los moretones que tenía en la cara, la camiseta que llevaba puesta. Dijo: Misael, aquí las cosas van a ser distintas. Lo fueron. Para empezar me tiró a la basura toda mi ropa, luego me rompió todos mis dibujos, cosa que nunca terminaré de agradecerle, y me comenzó a llevar a la iglesia todos los días y me prohibió tener amigos (que Dios la bendiga), excepto uno, especial, que ella escogió para mí, que se llamaba Homobono y que era un muchachito pálido, casi albino, que se sabía la biblia completa. Homobono: pienso en él y se me salen las lágrimas. Íbamos juntos al templo. Mi abuela nos daba una moneda y nosotros la echábamos en un bote. Luego cantábamos. Luego jugábamos a recitar versículos. De todas maneras cuando él abría la boca era para decir un versículo. Y nunca se masturbaba. Eso lo sé porque él mismo lo andaba diciendo, con mucho orgullo: “nunca me masturrrrrbo”. Un ángel, de muchacho. Cuando se suicidó (bebió raticida) lo lloré un mar, como dicen. Fue mi mejor amigo, siempre lo será. Estoy seguro de que está en el cielo. ¡Sin ninguna duda está en el cielo!, a un ladito de mi abuela, que también ya murió. A ella le debo todo. Hay días en que me pongo a recordarla y… me sobreviene una erección. Pienso en su cuerpo juvenil, jamás tocado, brillando bajo el agua de la regadera, y se me para, no lo puedo evitar, soy débil. Y me masturbo: taca-taca-taca. Pero siempre, después de hacerlo, escucha esto, después de cometer este acto terrible, le pido perdón a Dios. Yo le pido mucho perdón a Dios todo el tiempo. Cuando me olvido de sonreír, de ser amable con la gente, cuando pienso en “eso”, jejejeje, incluso aunque no haya hecho nada, sólo por gusto. La gente lo escucha y se ríe. Pobrecitos. Yo los escucho reírse y me río también. Y eso les da más risa. Y eso me da más risa todavía. Pero tú no te has reído, jejejeje, lo cual quiere decir que, en el fondo, aunque quieras negarlo, eres una buena persona, jejejeje.
Yo no me reí porque no encontraba chistoso nada de lo que me había dicho y porque en ese momento la verdad es que estaba más dormido que despierto. Misa continuó hablando y hablando, supongo, y no hice nada para detenerlo.
Cuando el camión llegó… a donde tenía que llegar, y desperté, ya no lo vi por ningún lado.




TESTIMONIO DE UNA MADRE MALA-ONDA


Por Carlos Dzul

Esto me contó una muchacha cuyo nombre prefiero no revelar, mientras paseábamos por una de las avenidas principales de PerroPodrido: 
Siempre me repugnó la idea de ser madre. Prefiero tener un perro que un niño, una patineta que un niño. Prefiero yo misma convertirme en rata, una rata inmunda de tres colas y muchos ojos, antes que tener un niño. Este tipo de frases me gustaba decirlas en voz alta, en tono juguetón, canturreándolas incluso, frente a mi propia madre, quien al escucharlas no podía evitar que la invadiera una mezcla de espanto y pesar. Hasta la hice derramar algunas lágrimas, en cierta ocasión. Y qué risa me daba mirarla llorar por algo así, que yo consideraba una ridiculez. Ahora bien, aunque odiaba la idea de ser madre, amaba coger y lo hacía con vehemencia, con rabia, con el descuido más alegre. Nunca usé condón (no me sabía). Y si pasaba una semana sin por lo menos haber fajado con alguien, con quien fuera, me deprimía terriblemente. Nunca tuve tampoco lo que se dice un novio. Los novios quieren exclusividad, se enamoran de una, por más que una les diga: no lo hagas, mira que soy una puta, en serio… No, de nada valen las advertencias. Allí van a entregarte su corazón, los imbéciles, y qué hace una con un corazón en la mano. Es bochornoso. Al final me embaracé, por estúpida. Mejor dicho, un pendejo que me amaba me embarazó para que yo estuviera siempre junto a él, para amarrarme. Esa fue la palabra: quiero amarrarte. Lo mandé a la chingada (me hizo un drama griego); en seguida, traté de abortar. Bebí menjurjes, fui con el doctor, me introduje yo misma un alambre. Todo lo intenté. Y nada. El maldito bodoque estaba lo que se dice emperrado con la idea de nacer. ¡Con que esas tenemos!, le dije, ¡con que te vas a poner mamón! Pues bien, nos garramos a putazos. Me puse a beber a lo bestia, como la que está loquita: vodka, whisky, aguardiente… Yo, que nunca había tomado ni cerveza, y comencé a fumar (diario media cajetilla) nomás por molestarlo. Fue una pelea, mi embarazo, entre “esa onda” que iba a ser mi hijo, y yo. Al final ganó él. Nació vivo, el infeliz. Vivo y completo, aunque eso sí, un poco verdecito y arrugado. ¡Estás contento, ah!, fue lo primero que le dije, cuando al fin nos vimos cara a cara, sacudiéndolo, con ganas de arrojarlo al piso. Pensarás que soy una culera. Y estarás en lo correcto. Yo miraba a mi hijo a los ojos y no sentía por él nada, ni el menor asomo de cariño. ¿Instinto maternal? ¡Qué verga es eso! Lo hubiera perdido a propósito en cualquier calle, al bodoque ese, en cualquier muladar, de no haber sido por mi madre, que lo atesoraba, como si fuera no sé qué, y estaba de continuo protegiéndolo. Y también por otra razón no me deshice de él, porque salió con talento, el muy hijo-de-puta. Yo no sé amar, me caga el amor, pero sé respetar, y respeto el talento. Una tarde estábamos viendo la tele y yo me di cuenta de que él, mi grandioso retoño, en lugar de mirar la película estaba escribiendo cosas. No sé de dónde había sacado una hoja de papel y una pluma y estaba dale que dale escribiendo. Más de cinco meses de nacido no debía tener. Lo miré un rato, hasta que ya no pude resistir; le pregunté: qué mierda haces. No me contestó. Lo único que hizo fue babear un poco y un ruidito: baahh. Le dije BASTA. Y nada, seguía con su escribidera. Cada letra le tomaba un minuto dibujarla. Entonces le arranqué el papel y… un poema, ¿lo puedes creer?, estaba haciendo un poema, el estúpido. Primero me encabroné, porque yo soy mucho de encabronarme, tuve ganas hasta de soltarle una cachetada. Quién se creía. Quién te crees, le dije, ¿Octavio Paz? Baaaaah, me contestó. El poema no llevaba título ni estaba terminado; iba así: soy tu corazón/ tu propio corazón hecho pedazos/una víscera de ti/ arrancada de tu propio pecho/ es lo que soy/en tus manos/en la soledad de tus manos/ que son el mar/ una infinita pradera de agua/ por donde… Era todo. Qué fea letra tienes, le dije, con el único propósito de hacerlo sentir mal, pero en el fondo, lo admito, estaba impresionada. Cinco meses de edad. Tal vez cuatro, tal vez ocho. No importa. ¡Quién te enseñó a escribir, jodetuputamadre!, le grité; yo no había sido, estoy segura, ni mi madre, que es analfabeta. Así que talentoso, le dije. Baaah, dijo él. ¿Te crees mucho? Baaah, dijo él. Vete a la mierda. Lo dejé tranquilo. Terminó su poema, que al final se tituló el mar de tus manos y en seguida hizo uno acerca de mi pelo. De allí se reventó otro, más chingón aún, dedicado a mis ojos. Un poema diario me escribe, el malnacido, desde entonces, y todos los concluye con “te amo, mamacita”. Allí es donde la caga, el pendejo. ¡Que no te enamores de mí, cabrón!, le digo a cada rato y él más aún me mira (típico hombre) con sus ojos de perrito adormilado. 
-Así que mamá de un poeta- dije.
-Tal cual.
-¿Y de verdad que no lo quieres nada-nada?
-Lo respeto. Es talentoso. El talento remunera. ¿Vamos a coger o qué chingados?
Paseábamos los tres (el niño, que ya tenía cuatro años, caminaba de aquí para allá por su cuenta), por una gran y lúgubre avenida, bordeada de edificios antiguos abandonados.




martes, 31 de marzo de 2015

MARIANO SILVANO

Por Simón Clarinet

Mariano Silvano escribió en el siglo DieciAlgo un libro (Caballo Sin Jinete) que cuando se publicó, fue tachado de cursi y de aburrido por la mayoría de los lectores.  Dijo un crítico: una novela tan triste que da asco. Dijo otro: yo en la cuarta página no pude más, vomité. Yo vomité hasta la veinticinco, secundó un tercero, y en la treinta lloré de rabia. Yo en la primera morí de risa, luego me ganó el sueño y lo dejé estar, dijo un cuarto… Los críticos en aquel entonces no escribían (no abandonaban aún su condición parasitaria, de hecho los llamaban así: parásitos), lo que hacían era desfilar por la ventana del escritor (que podía ser Mariano Silvano o cualquier otro) y le susurraban, como no queriendo la cosa, un comentario punzante tras otro y el escritor los escuchaba, qué remedio, sin concederles demasiado crédito, poniendo a veces cara de matón con el fin de asustarlos, pero en el fondo, en sus intestinos, el escritor casi siempre sentía como un hundimiento. Así pasaba por lo general.
Ahora bien, el de Mariano Silvano fue un caso distinto porque Mariano Silvano estaba loco de un tipo de locura que ¡ni siquiera había sido tipificada! y que por ello era doblemente vertiginosa. Hay que recordar que todo esto sucedió en el siglo DieciAlgo. Y por ejemplo cuando un párrafo no le gustaba, Mariano Silvano se mordía un dedo ñam ñam con tal fuerza que en ocasiones incluso se lo arrancaba. Dicen que un día, tras haber leído una novela suya que acababa de terminar (cuyo título probablemente fue Desiertos Como Monstruos), experimentó una desilusión tal y un desprecio por sí mismo tan grande que de una sola tarascada se desprendió no un dedo sino la mano derecha completa, que era con la que escribía, y que por eso desde entonces lo llamaron El Manco Sonso.
La redacción de Caballo Sin Jinete le tomó veinte años en total, un tiempo extraordinariamente prolongado para las sesenta páginas que lo componen y las razones de dicha demora, según los expertos, pueden ser, en primer lugar, que utilizó la mano izquierda (siendo él diestro) por no quedarle más opción y en segundo lugar que padecía de unos frecuentes y devastadores ataques de desamparo que lo postraban irremediablemente en su catre, impidiéndole empuñar ya no digamos la pluma y el tintero, sino incluso la cuchara. Durante estos oscuros periodos de fatalidad el escritor perdía peso, le crecía una barba rizada y maloliente, criaba lombrices en las axilas y, en fin, terminaba sumido en una suerte de pozo inmundo del que solamente la ayuda de sus dos o tres amigos incondicionales conseguía rescatarlo.
CSJ, la Hoy Tan Celebrada Novela, es (como todo el mundo sabe o debería saber) la historia de Gavrilo, un equino loco y solitario que sueña que tiene aventuras y que en efecto de vez en cuando las tiene,  aunque no tan heroicas como él –rocín escuálido y sin aparejos- quisiera imaginar. El cariz de los enredos puede ir de lo sexual hasta lo filosófico, pasando por lo militar y lo farandulesco. Y cuando todas las dichas vertientes confluyen (ejemplo claro sería el cap. XXV, tan desmenuzado por los académicos, en donde Gavrilo, metido de actor de una obra cómica sobre la Guerra de los Trece Años, pierde la noción de la teatralidad y embiste –la verga erecta- contra un infeliz tramoyista, alucinando con las generosas grupas de una yegua donde sólo hay un gigantesco abdomen), es cuando la historia alcanza sus mayores cotos de profundidad y de poesía.
Luego de sufrir la indiferencia, cuando no el franco desprecio de sus congéneres (los otros caballos relinchan de risa al verlo pasar, las yeguas ni siquiera eso), Gavrilo opta por marchar hacia el Oeste y en efecto logra, no sin grandes trabajos, embarcarse en el Rey del Océano y atracar- azaroso viaje de por medio- varios meses después, en el puerto de Toloso, en donde se dedica principalmente a seguir sufriendo penalidades y donde lo más interesante que le ocurre es que un bandido borracho (el singular Machero) se apodera de él, para montarlo y torturarlo sin descanso. 
Hasta que una mañana, después de largas horas de desenfrenada juerga, mientras Machero duerme como una criatura encima de sus propios vómitos, Gavrilo aprovecha para escapar; en la calle, sin embargo, sólo encuentra más desolación. Se pone entonces a escrutar el firmamento de Toloso, en la ferviente espera de un prodigio, de alguna clase de Llamado, que no parece querer producirse. ¡Un par de lágrimas está por irrumpir, cual un dúo de personajes histéricos, en el escenario de sus ojos caballunos!
En eso, una bulla explota de súbito y el cielo, como por arte de birlibirloque, se inunda de cometas de papel.
Es nada menos que la primavera, que ha hecho su arribo, provocando en Toloso una celebración carnavalesca. Hay canciones, bailes, comida. Gavrilo relincha, elevando los cascos; la gente le aplaude. Todo es felicidad.   
Aquí se oye un clamor. Y es que uno de aquellos cometas, arrastrado por un viento fúrico, ha terminado por arrastrar a su vez al infeliz niño que lo sujetaba, remolcándolo consigo por los aires.
“Ahora -piensa Gavrilo-, es cuando he de comportarme como un Héroe”, y da en perseguir, las crines erizadas, al niño y al cometa por las calles de Toloso, ante los admirados rostros de sus habitantes.
El cometa desbocado levanta más el vuelo todavía, se pierde para siempre entre las nubes, pero he aquí que la cuerda se rompe y el niño cae cae cae… TRAC, sobre la heroica nuca de Gavrilo.
Ambos mueren.
Este archiconocido pasaje final de Caballo Sin Jinete, que hoy es objeto de ensayos, tesis y de toda una serie de minuciosos estudios, fue en su momento considerado como una boutade imperdonable, producto de las pavorosas condiciones tanto pecuniarias como psicológicas que torturaban la existencia del autor.
El manuscrito, (en total 83 folios estrujados, llenos de una letra retorcida que de pronto se resbala por los bordes), da también constancia de ello.  
La novela, se sabe, pasó con mucha pena por el panorama literario Perropodrileño, siendo pasto de la mordacidad de los críticos, de la mofa de los otros escritores (que no pergeñaban sino libros de oraciones) y de la indiferencia de los infames lectores, que en aquel tiempo de por sí no abundaban. Ahora bien, de todo ello Mariano Silvano jamás tuvo noticia, pues ya por entonces había perdido la razón, y las dos manos, a punta de furiosas tarascadas.  
Pasó los últimos meses de su vida bajo los tiernos cuidados de Amatista Roberta de Silvano, su joven y, suponemos, demacrada esposa y murió como solían morir los genios en el siglo DieciAlgo, es decir: miserable, en el más negro de los olvidos.

(noticias: 15-21 marzo
Encuentran restos de Cervantes
Muere niño vietnamita al ser arrastrado por un papalote)