martes, 21 de junio de 2016

MI PRIMER CONTRATO

Por Carlos Dzul


Comencé diciendo que a mi mamá le apestaba mucho el sapo y que yo lo recordaba porque yo mismo había salido de allí. Luego dije que una vez estuve cerca del mismísimo Papa y que lo toqué (yo era parte de su cuerpo de seguridad) y que desde entonces las manos me olían a culo (aquí me aspiraba los dedos con fuerza) y que en alguna ocasión,  a cambio de un plato de comida, me vi forzado a meterle un dedo a una señora donde ya se sabe, porque ella era una puerca y le gustaba eso, que le metieran cosas. Dije que yo era pobre y que no había tenido  más opción. Luego venía un perro y le lamía las tetas, la teta derecha, mientras yo hacía lo propio con la izquierda. Y la señora nos llamaba sus cachorros.
    Como la sala continuara en silencio, me decidí a contar también (y comenzaron a sudarme las manos como si hubiera un fuego cerca)  la vez que le vendí uno de mis pedos (de los más apestosos) a un señor que era poeta, pero de esos que ya no tienen inspiración. Él cargaba canas en las patillas, pelusas en las pestañas y algo así como  veinte libros publicados y yo sólo piojos en los testículos. Le cobré cinco mil dólares, de los de antes, que me pagó sin chistar (y que gasté después en un solo par de zapatos, de los de ahora) y él se llevó mi pedo guardado en un frasco de color azul (más tarde supe que no le sirvió para nada).
    Después  les hablé (fue el colmo) de una muchacha que sí había existido, que se hacía llamar mi ex novia, pero que  yo no recordaba que hubiéramos sido novios alguna vez. Ella no  era fea, tenía  el pelo casi rubio y las manos pequeñas, vacías de anillos,  y hablaba mucho de los días que habíamos andado y de los besos que nos habíamos dado bajo una luna que sólo ella recordaba y escucharla me daba tanta felicidad que al final yo la golpeaba con un fierro.
    Pues bien, nada de lo anterior los hizo reír ni un poco.
    Recuerdo que era verano y que el sudor hacía brillar los cuerpos de una manera sórdida. Escuché algunos estornudos, algunos tronidos de dedos, un vaso roto contra el piso. Traté  de no arredrarme...
    Y empecé a platicar (no me quedó de otra) del pene de mi papá (él murió hace años)  que en realidad era una langosta viva, verde, que andaba independientemente de él y que de pronto se le escapaba del pantalón a mitad de las reuniones, pero él como era un teto fingía que no pasaba nada. La langosta caminaba entre los platos y las velas y entre  la sonrisa retorcida de más de una señora, picoteando la comida incluso, pero él seguía saludando y haciendo la charla. Yo veía todo esto y no podía menos que odiarlo.
    Aquí me dieron unas ganas no ensayadas de llorar...
    Y hablé de un hermano que tuve que se suicidó porque yo nunca me atreví a dirigirle la palabra porque me asustaba una mancha que le había salido en la frente con forma de estrella. Se llamaba Hernaldo; sabía tocar la guitarra. Todos (los que sí se atrevieron a hablarle) me dijeron  que era noble.
       Y hablé y hablé y hablé de cuando fui dueño de  una mascota que era la mascota de otro niño. Yo no podía tenerla en mi casa, por muchas razones tristes, pero la guardaba en mi cabeza y en el patio de ese otro niño, que además vivía enfrente. Él no sabía que su mascota era mía también. Algunas veces la trataba mal y yo tenía que verlo. Y sufrir.
      Tampoco  esto les dio gracia.
     Allí fue que se prendieron las luces; la verdad yo no sabía qué más hacer. Me  pregunté, en voz alta, si no había entrado por error en la bodega  de los maniquíes. Fue como firmar una sentencia. Luego cerré los ojos, me puse la punta de un dedo en la punta de la nariz, que es lo que hago cuando quiero que piensen que estoy pensando, y de pronto escuché que una sombra se movía. Cuando abrí los ojos ya estaba la bendita frente a mí, decidida a zurrarme (sus manos eran metálicas) y a tacharme de ser un farsante patético.
    Sólo allí, en medio de la tunda, se dejaron venir algunas risas, algunos aplausos y me  entró lo que se puede llamar un 'gozo imbécil'.
    Alguien sollozaba con estruendo.
    Cuando desperté, Federal (por feo), que era el encargado del tugurio, me informó que estaba contratado.

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